jueves 12 de junio de 2008

Se abrió la puerta

Se abrió la puerta y el corazón comenzaba a salirse.

Aligeró el paso hacia la papelera, giró redondo en la esquina. Subió las escaleras. ¡Malditas señoras lentas! ¿No pueden ir más deprisa? El suelo parecía quemar. Era un circuito de pruebas, se iba a sacar el carnet de andante. Izquierda, derecha, otra vez derecha, todo recto. Un obstáculo más. ¡Dese prisa! Mapa.

El mundo parecía ignorarle, las cajeras no tenían ni idea de lo precioso y valioso que era el tiempo. Ahí paradas, sin otra cosa que hacer nada más que mascar el mismo chicle una y otra vez. Mirar a la gente y sentar su enorme culo en aquel asiento. Gastar sus vidas en algo que detestaban. Proyectar su propio pesar a los demás. Con la incesante intención de atraerles a la Isla de las Sirenas y compartir su vida hasta la eternidad. ¡Rápido! ¡Dámelo de una vez!

Volvió al tren de nuevo. Solo una más. El contacto con la gente le producía repugnancia y pavor. Tranquilo, solo iban a ser unos cuantos segundos, y ya. Su cuerpo era demasiado valioso, estaba demasiado cargado de recuerdos e historias como para que gente vulgar y ajena a él lo tocase. No quería perder la exclusividad, y menos con gente desconocida y para nada importante en su vida. Sólo pensaba en llegar, íntegro y tal como estaba.

Y llegó.

Y cuando la vió, deseó destrozar la pared en la que se apoyaba por no merecer semejante espalda. Pasaba desapercibida. No para él. Había pasado demasiado tiempo. El corazón cambió de ritmo.